El miedo a las agujas...
- KIARA
- 12 ago 2021
- 4 Min. de lectura
¿Sabías que existe un miedo tan profundo a las agujas que la persona que lo siente puede llegar a desmayarse?
Bueno, hace unos días lo comprobé con mi hijo...

Resulta que, desde muy pequeño, siempre le dio pánico a las agujas o vacunas. Para poder obtener muestras, lo teníamos que sujetar entre varias personas para que la enfermera pudiera hacer su trabajo o siquiera acerarse a su brazo. Sacaba una fuerza increíble y yo terminaba cuál trapo de las patadas y manotazos que lanzaba sin contar el desgaste emocional o mental.
No recuerdo exactamente cuando empezó con los episodios, asumo que fue cuando tomo conciencia de la experiencia y realmente no lo culpo. ¿A quien le gusta que lo pinchen? Pero bueno, realmente se le tenía que hacer exámenes cada 6 meses por anemias que al final resulto ser producto de su Betatalesamia (por ahora le llamaremos una anemia crónica y hereditaria pero eso se los contaré en otro post).
Conforme fue creciendo, la situación fue "mejorando" cada vez nos demorábamos menos en la clínica pero el cansancio emocional era el mismo. Probé con premios y recompensas pero nada, distraerlo con algún juguete o la Tablet pero estos corrían peligro en sus manos ya que se convertían en armas voladoras. Con la pandemia y cuarentena, todos sus análisis se quedaron en "stand by" como todo, así que vivió tranquilo en ese sentido todo el 2020. Pero nada es eterno, decidí armarme de coraje y llevar a mi hijo al hospital ya que justo unos días antes de la cuarentena le tocaba todo los análisis de rigor ya que buscaba que él ingresará al padrón de Essalud así se le pudiera hacer el seguimiento debido. Y aunque ya tiene el diagnostico de manera particular era necesario que pasara por el historial del hospital.

Tenía cita a las 7 am y en ayunas, así que nos levantamos mega temprano ya que al no vivir en Lima, las distancia es mucho más larga, durmió todo el camino y entramos al hospital a la hora deseada. Apenas bajamos del auto, conversamos (venía concientizándolo desde hace unos días) sobre lo que no debe hacer para exponerse, por ejemplo, no quitarse las mascarillas por nada en el mundo, que debía tratar de controlar su miedo ya que si hacía el pataleaba o se movía mucho al momento de la toma provocaría que más enfermeras se acercarán y no era lo optimo. De por sí estábamos expuestos a muchas cosas así que lo ideal es que pusiera mucho de parte.
Y lo logró, entró calmado y empezamos a jugar mientras esperábamos su turno, entró, se sentó tranquilo y hasta se puso a conversar con la técnica. Pero y este es un gran PERO su conversación empezó a acelerarse, más de lo habitual, hacía preguntas a mil por hora, felizmente la técnica con paciencia de santo le explicaba y respondía cada pregunta del peque. Tomó la muestra y él solito me decía que no le había dolido nada, que se había dado cuenta que más era su miedo. Y pensé que GENIAL, etapa superada pero no... entre el ayuno y los nervios al "mango" empezó a sudar y sudar al rango de empapar el polo y mascarilla, empezó a sentirse super mal y yo en pleno hospital.
Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que se desmayaba, correrían a atenderlo y esto significaría que le quitarían la mascarilla para estabilizarlo y dije ¡NO! Esto no me puede estar pasando.

Blanqueó sus ojitos color café y lo único que atiné fue a palmotearlo y sacudirlo, lo sostuve con mis brazos (tomando en cuenta su tamaño y mis hernias) y pude lograr que reaccionara. Las enfermeras me miraron listas para actuar al igual que la señora de seguridad y lo único que atine fue a decirles "no se acerquen solo déjenme que lo yo puedo". Y esperaron a que mi hijo hermoso abriera sus ojitos del todo y me diga "mamá quiero comer". Oficialmente, sufrió una mega descompensación entre el ayuno y los nervios, un bajón de azúcar que nunca esperé pero que gracias a Dios, superamos.
Una vez repuesto, logré llegar al auto que estaba a una cuadra de la puerta principal y le di la lonchera que le había preparado ya que para él, no es una opción comer en la calle, no se siente seguro. Ya con todos sus niveles normales y con el susto a flor de piel, me dijo que sentía que perdía el control de sí mismo. Siguió comiendo y en él es como si nada hubiera sucedido. Felizmente, en los exámenes se verá si hay algo más que observar o simplemente ese episodio fue una mezcla de miedo y nerviosismo. Antes de publicar este pequeño relato, le pregunté a mi hijo si se sentía cómodo escribía al respecto y me dijo "sí mamá, esta es mi historia y la tuya también. Además otros niños sabrán realmente que las agujas no duelen y que el miedo el que te detiene".
¡Como no estar orgullosa de mi pequeño valiente!
DATO IMPORTANTE:

Esta fobia se conoce con el nombre de tripanofobia y está relacionada con otras parecidas como la belonefobia (miedo a las agujas u objetos afilados). Con la edad este miedo tiende a disminuir, pero en algunas personas puede convertirse en una fobia. Ante una inyección, una persona con fobia puede experimentar estos síntomas:
Ritmo cardiaco rápido (taquicardia).
Aceleración de la respiración.
Sudoración.
Opresión en el pecho.
Temblores.
En algunos casos, desmayos.
De igual manera se recomienda la opinión de un experto. El psicólogo determinará si existe una fobia y si es aislada o si forma parte de un problema que toca otras esferas de la vida y se requiere una aproximación más global. Las técnicas de relajación, meditación y respiración acompañadas de sesiones psicológicas generan buenos resultados.
Comments